domingo, 17 de julio de 2016

No más ángeles por favor.

Ángeles volando feroces alrededor de mis pensamientos, carcomiéndolos con sus brillantes verdades. -¡Y QUÉ!
Qué tenéis que decirme, alados, me dan igual vuestras coherentes conductas rectas y acordes a vuestros grandes principios de mármol. Yo amo equivocarme, vivo de la dulce mentira, me refugio en el alcohol y necesito, a veces, escalar hasta mi personal infierno de sangrantes recuerdos mientras noto que mi cuerpo se hunde en la vorágine, en el abismo. Disfruto el despertar despeinada, con la mirada perdida y ahogarme de nuevo en nocturnos desvaríos, sentir la noche en mis entrañas erizándome la piel, convirtiendo las motas de polvo en afiladas y sigilosas cuchillas. Rugiendo el corazón en la silenciosa negrura de los tejados.Y aullar. Aullar con fuerza y desespero. Aullarle a la luna, cantarle furias, chillarle mi angustia. Encaramarme a ella y roerle pedacitos de luz para escupirlas en el olvido. Dibujar con el dedo meñique en el lienzo del denso aire, lleno de aleteante rocío, rocío suave, que fluctúa en mi nariz y me acaricia. Pintarle quebrados llantos al cielo, regalarle silenciosas luciérnagas de agua salada. Arrastrarme por los tejados infinitos de esta amada ciudad dormida. Arrancarme las pieles y posar desnuda ante mi propio juicio final:

Lunática, gatuna lunática.

Aparecen demonios. Se vuelven negras las alas y rojos los cuernos y estalla una risa malvada, como en los cuentos. No más ángeles por favor.

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