Cuando unos ojos se posan sobre alguno de mis escritos mi mente se
agrieta. Tengo la sensación de haberles abierto mi mano para que trepen
hacia mi alma. Me despojo y temblando desnuda en una esquina espero
sentencia. Así me siento cuando mis trazos, tan simples e inocentes son
recorridos por mentes sagaces, aguileñas, que de uno al otro lado del
papel van engullendo sin compasión un rinconcito de mi caja de
inconscientes subconsciencias o inconsciencias subconscientes.
No, gracias.
Prefiero la sombra.
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