Siempre he sentido la imperiosa necesidad de transcribir al papel las
divagaciones sin sentido de mi cerebro. Entiéndanme, no quería provocar
ningún mal, simplemente me era necesario despojar estas necedades sin
belleza alguna de mi cuerpo, pues en él se aposentaban chillonas y me
susurraban al oído con sincera malicia:
-Fly, baby,fly me to the moon.
Y allí, recostadas y burlonas me sugerían un viaje a la luna, una puerta abierta a las níveas montañas, un armario sin candado hacia
mis más profundos y afilados miedos, un deseo entrañable(a mis ojos en
aquellos destellos de locura) de escapar, huir, desertar, volar hacia
aquellos parajes sin dimensiones ni normas donde sólo confluían mis
inconsciencias y algunos lunáticos y sonrientes gatos. Mas chillonas y
envidiosas, las dríades jugueteaban colgadas en los lóbulos de mis
orejas y explotaban aquel aterciopelado mundo de pétalos rojos y
redondas y perfectas burbujas de aire y me hacían volver a la angustiosa
realidad.
En este círculo de bipolaridad interna, discurría pues, mi diáfana, monótona y extraña existencia.
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